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1 noviembre, 2014

Manzanas dulces, calabazas huecas y fuego en la noche.

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Si bien estos tres elementos pudieran recrear cualquier fiesta de la víspera de todos los Santos, o como dirían los del habla a la inglesa, All Hallows’ Eve, el propio Halloween que conocemos desde el siglo XVI; no será este el cometido que busquemos en este artículo, sino más bien conocer el origen de esta alegre fiesta llena de dulces, monstruos, fantasmas y difuntos y luz, bien para acogerlos o bien para ahuyentarlos.

El Halloween que hoy en día conocemos tiene como punto de partida el año 100 D.C.

(aproximadamente), tiempo en que los pueblos celtas de las regiones irlandesas celebraban el Samhain, el fin de la época de la cosecha, considerado el Año Nuevo Celta, el principio de la etapa oscura del año convencional, el otoño y el invierno, tiempos de recogimiento y frío.

La tradición y el folclore celtas dictaban que la noche del 31 de Octubre las barreras entre el mundo mortal y el mundo espiritual caían, y así los difuntos viajaban libremente entre ambos.

Con todo ello, y a modo de celebración tanto del fin de la época de la cosecha, como de la venida de los espíritus de los difuntos amados (o no tan amados) se organizaban grandes banquetes en las villas, las gentes abrían sus casas a la venida y el fuego iluminaba los prados.

Los banquetes organizados debían ser suficiente como para llenar el estómago de los vivos y saciar el hambre de los difuntos que quisieran tomar parte de ellos, por ello, siempre se dejaban huecos en las mesas y platos preparados en las casas, y nada podía ser tomado por los mortales, pues sería considerado un acto de mal gusto y poca hospitalidad con los que tiempo ha habitaron la Tierra.

Puesto que esta festividad coincidía con la mejor época de cosecha de las manzanas y las nueces, estos dos frutos tomaban especial importancia en las comidas, siendo común servirlas asadas como guarnición de los platos de carne que también se consumía en gran medida, pues en la época fría, no habría cómo sustentar a todo el ganado. Las comidas a lo largo del día estarían también repletas de: peras, avellanas, granadas, remolachas, maíces, calabazas y jenjibres; todo ello regado con vinos dulces y sidras especiadas.

También quedaba un hueco especial para el nabo, que, al contrario de lo que se pueda pensar, fue la primera verdadera linterna de Halloween, pues su color pálido recordaba más a los espectros que el color anaranjado de la calabaza, quien pasaría a ser la reina de la festividad por su mejor conjunción con las llamas, con las que comparte color, y su carácter más aterrador al ser horadada, pues es más grande e ilumina mejor.

Con el tiempo, las celebraciones de Samhain empezaron a ser acogidas por toda Europa, hasta la romanización y la cristianización, que sólo potenciaron esta costumbre. Banquetes más grandes se daban entonces, y aquella comida que no debía ser tomada más que por los difuntos, empezó a ser cedida a los Embajadores de los Muertos (normalmente la parte de la población más empobrecida), si bien esto era tradición de una pequeña parte de los pueblos celtas, sería costumbre general en épocas cristianas.

Pasaron los siglos sin demasiada importancia para esta santa festividad, hasta que en el siglo XIX fue llevada a América por los inmigrantes irlandeses, y sus costumbres gastronómicas empezó a decaer, tomando mayor importancia la celebración por la vida y la muerte que la celebración de las buenas cosechas, pues ya en estos tiempos modernos, el abastecimiento no sería problema.

Así llegamos a la actualidad, una era repleta de manzanas de caramelo, linternas de calabaza hueca y calles llenas de gente intentando asustar tanto a los malos espíritus como a las buenas personas.

Halloween y sus costumbres gastronómicas, por Carlos Daniel Ceballos Claros

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